Lluvia

Y de la nada comenzaron a llover ranas. Se nubló de repente, y caían ranas. Si, ranas. De esas verdes que hacen “croak”, verdaderas ranas. Y no me sorprendió tanto que lloviera en verano, simplemente, me sorprendió que llovieran ranas. En general llueve agua, por lo menos las veces que recuerdo haber visto lluvia, llovía agua. Agua, de esa que hay en los lagos, en el mar y de la misma que sale de la llave cuando la giras a la derecha. Agua. Y es que estaban pasando cosas raras desde hace mucho tiempo, pero ¿ranas? Esto ya era el colmo. Pensé en escribir una carta formal al gobierno para quejarme del servicio de lluvias, pero bueno, me conozco, y no lo iba a hacer. Además no se si esto de la lluvia tiene que ver con el gobierno, la verdad es que ya ni me acuerdo. Y si ves que por tu ventana caen ranas en vez de agua, tienes la certeza de que alguien más se va a quejar por ti.

Estaban pasando cosas raras desde hace mucho tiempo. La otra vez fueron conejos. Por favor que alguien me explique desde cuando llueven conejos. Y lo más patético es ver a esta tropa de insensatos arrodillados en los patios de sus lindas casitas suburbanas. Arrodillados pidiéndole perdón al Señor, como si fuera de ellos la culpa de que caigan conejos. Hace muchos milenios pedían perdón en las tormentas, pensaban que eran el castigo de Dios, y si llegaba a caer un trueno mejor ni les cuento. Quizás que culpas sentían antiguamente por cada lluvia que había. Pobres. Miles de años después aún existen estos tipos, arrodillados, pidiéndoles perdón a conejos aturdidos en el suelo. Arrodillados. Rogando misericordia del señor.

Y es que no entiendo a ésta gente, que por no poder explicar ciertos fenómenos tienden a arrodillarse. Como si Dios decidiera ahora, en pleno año 2010 vengar todos los pecados de la humanidad. ¿O es que acaso piensan que antiguamente los pecados eran menos? Probablemente no estén al tanto de que en la edad media el que no tenía tres asesinatos en el cuerpo era débil. Bueno, no se si era tan así, pero eran unos bárbaros. Y que no me vengan con que Dios no sabía. Talvez creen que Dios es chapado a la antigua, que se quedo con la moral de la edad media, y detesta profundamente la vida post-moderna que llevan estos humanoides en sus suburbios Yankees, o post-post-moderna, ya ni se en que estamos. La cosa es que me niego a creer que esto sea obra de Dios, o de Satanás. Pero de que pasan cosas raras, pasan cosas raras. Y de que llovieron ranas y conejos, llovieron ranas y conejos, no les miento.

Yo estoy seguro que hay una conspiración detrás de todo esto. Estoy seguro que debe ser algún plan maléfico de Jorgito doblevé Bush, o de algunos de sus amigotes buscando alguna excusa para robarnos nuestras tierras. Bueno, si se que suena egocéntrico pensar que Jorgito y sus amigos planearon algo en contra de mi queridísimo país, pero todos sabemos como es él, nunca se sabe lo que quiere. Y cuando lo quiere, lo tiene. Bueno al menos ya no esta al mando, lo relevó este morocho que no usa dialecto de negro a menos que él lo desee. Una lástima, ya que me entretiene tanto el dialecto de negros, sobre todo el de los de estados unidos. Aunque prefiero por lejos el de los de Jamaica. Bueno, me fui por las ramas. Me pasa a menudo. Mi hija dice que es porque veo mucha tele. Yo creo que son las pastillas, aunque puede tener razón, ya que desde que murió la Gabriela que no hago mucho más que ver tele todo él día. Pero todo lo que sea llevarme la contra es su especialidad. Con decirles que ni siquiera quiere admitir que yo soy su padre, lo niega, dice que vino ayudarme, pero que eso no la hace mi hija. Como si yo no supiera que es mi hija, como si no la hubiésemos cuidado con la Gabriela desde que nació. Ingrata no más, mal agradecida. Y aún así viene casi todos los días a llevarme la contra. Igual la quiero, más que mal, es mi hija. Y me ayuda mucho. No sé que haría sin ella. 

Yo no quiero que piensen que soy alaraco ni nada, pero es que ver una rana cayendo del cielo es algo inusual. No muchas cosas me sacan de la cama a mí, pero aquella noche estaba de pié junto a la ventana, entumecido de frío ya que me daba flojera recoger mi chal, atento a cada uno de los anfibios que caían afuera. Lo que pasa es que nos llueve sobre mojado. Primero el terremoto, luego los conejos y después las ranas. Yo estoy seguro que detrás de todo esto esta la HAARP, pero claro el único que me entiende es mi amigo Salfate, el resto cree que hablo tonterías. El otro día le comenté a don Julio todo esto, de cómo los yankees están destruyendo todo y que no les importa nada. Pobre don Julio, no entendió nada, ya no escucha ni con ese audífono que le ponen, pero tan re sabio que es.

Todo esto que les escribo no crean que es en vano, tal vez me doy muchas vueltas, si, pero la historia que les quiero contar parte precisamente ese día. Él día en que llovieron ranas en vez de agua. El día que después de contarle a don Julio sobre la HAARP, me responde con un tono sereno: “Mire don Raúl, yo no se de que diantre me habla, pero lo único que le puedo decir, es que si a mi me preocupara algo tanto como a usted parece preocuparle, no estaría sentado aquí conversando, estaría afuera haciendo algo al respecto. O-cu-pan-do-me”

Si don Julio es muy sabio. Yo no hice mucho con mi vida, y ya estoy viejo. Pero sus palabras rebotaron en mi cabeza, sobre todo ese “O-cu-pan-do-me” que marcó como si yo estuviese en primero básico y el fuera mi profesora jefe aplaudiendo sílaba por sílaba. Tal vez tenía razón. Mi paso por esta vida ha sido bastante en vano, y gaste mi vida quejándome más que haciendo cosas. Fue entonces cuando decidí hacer algo con mi vida. Nunca es tarde, pero necesitaría ayuda.

 

 

Cuando conocí a don Raúl me pareció un tipo muy extraño. Era notoriamente viejo y senil, y tenía un grave problema de no poder separar la realidad de la televisión. Me acuerdo perfectamente de ese día, por que marcó mi vida.

Me acuerdo que fue extraño. De la nada comenzó a llover. Se nubló y comenzó a llover en pleno verano. Y es que no es usual que llueva en pleno verano en Santiago, talvez en la costa puede ser, pero en Santiago, es bien raro. Esa noche trabajábamos, o por lo menos así le decía yo antes. El sucio, el siberiano y yo, éramos imparables en el negocio de las bombas de bencina. Yo esperaba con el auto prendido, mientras el par drenaba la caja registradora. El sucio vigilaba a la gente, que nadie se moviera y que no hicieran cosas raras. Tenía un vozarrón potente con el que le gritaba cuanto garabato se le ocurría para asustar a la gente. El siberiano en cambio, tenía el poder de la mirada. Le decíamos el siberiano porque tenía un ojo verde y el otro gris, con una mirada penetrante y un movimiento de cejas el personal de la bomba de bencina ni soñaba con rebelarse o intentar algún heroísmo. Fuimos exitosos hasta esa noche. Esa noche de lluvia veraniega que terminó con mi carrera al volante.

Cuando llegamos a la bomba de bencina todo era normal según lo planeado. El siberiano y el sucio entraron y siguieron el protocolo al pie de la letra. Pero parece que las fuertes amenazas del gobierno con cerrar la puerta giratoria a la delincuencia fueron tomadas en serio por los delincuentes capitalinos ese día, ya que la única cuca de la 25ª comisaría de Maipú  que deambulaba a esas horas por las calles, decidió ir a tomarse un café a la bomba a falta de llamados. Si, precisamente a “esa” bomba.

Al llegar la cuca no lo pensé dos veces. Arranque abandonando al par adentro de la bomba, dejándolos como carnada para que los pacos se los llevaran a ellos. Me sentí mal por un rato, pero se que ellos hubiesen hecho lo mismo por mi, lo que me reconforto un poco.

Deambulé por Santiago, hasta perderme. Ñuñoa, o talvez Macul. No lo sé, solo sé que estaba lejos. Cuando encontré una calle desconocida y bien arrinconada estacioné el auto y me quede dormido. A la mañana siguiente desperté asustado por un par de golpes en la ventana, era una enfermera que me dijo que no me podía estacionar ahí porque era estacionamiento de visitas de un asilo de ancianos. Moví el auto unos metros y un nuevo golpe en la ventana me vuelve a asustar. Ésta vez era un viejo, de aspecto demacrado.

-          ¿Puedo entrar?

-          No, no. Esto no es un taxi, solo estoy estacionado.

-          Me gustaría proponerle un trato.

El viejo me dio lástima y lo deje entrar. Se llamaba Raúl, vivía en el asilo de ancianos que está dos casas más atrás. Me hablaba de cosas extrañas, de ranas y conejos y de comenzar a vivir la vida. Solo entendí que quería que lo ayudara. Que me pagaría mucho dinero. Claramente accedí. El viejo era presa fácil, mucho dinero y frágil mente.

Comencé haciéndole mandados. Me pedía que hablara con el presidente de la república, que indagara en la dirección meteorológica de Chile o que investigara la relación de los conejos con la Biblia entre otras cosas. Mandados los cuales yo no cumplí, y por los cuales se me pagaba muy bien. Don Raúl tenía las cosas claras, estaba dispuesto a todo con tal de averiguar que estaba pasando con el mundo. Era un soñador.

En mis numerosas visitas al asilo, conocí a su enfermera. Se llamaba Patricia, tenía 25 años. Patricia fue la clave para comprender a don Raúl. Me contó que veía televisión todo el día, hasta el punto que cuando no la estaba viendo, confundía la realidad. Patricia sabía que yo lo estafaba, pero no me decía nada. Más que mal, los dos estábamos ganando algo con su vejez. Ella ganaba cuidándolo, yo ganaba haciéndolo feliz.

Don Raúl cree que Patricia es su hija, la quiere y la odia como si fuera su hija. Aunque su verdadera hija vive en México, se fue al poco tiempo de que falleciera Gabriela, su madre. Jamás ha venido a visitarlo. También cree que Salfate es su amigo, y que vive en la pieza de al lado suyo en el asilo. Habla solo por horas sobre conspiraciones con un personaje televisivo que no ésta presente.

La creatividad se me agotaba, la mente de don Raúl era muy ágil para su edad, y ya no sabía que historias más inventarle para cada uno de sus mandados. Creo que he leído más trabajando para don Raúl que lo que leí en todo mi paso por el colegio. Pero creo que don Raúl está contento con mis historias, al menos lo parece. Cree que está llegando al meollo del asunto, y que podrá por fin entender este mundo tan caótico.

Murió dormido una noche. Gritaba en sueños cosas acerca de la mafia y espías secretos que buscaban callarlo. Yo ahora trabajo en el asilo, y busco el perdón del señor trabajando para los ancianos. A veces me arrodillo y agradezco al señor por haber encontrado a don Raúl. Quizás no lluevan conejos o ranas, pero siempre existe algo que nos muestra el camino en la vida.

 

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