Aparcó el auto en la vereda de enfrente. Miró de soslayo las herramientas que había comprado recientemente para su quehacer venidero. No necesitaba concentración; esas repugnantes miradas de aquél último momento de conciencia que tuvo habían quedado a fuego en su memoria. Iba a acabar con ellos.
Pero no nos apresuremos, el mambo que iba a armar tenía su por qué. Eran las tantas de la madrugada en aquél carrete de su pasado cumpleaños, algo así como ocho meses atrás. Su casa, tal estufa de los más diversos humos, era el sitio para las más frenéticas locuras y orgías que tenían lugar en ese momento, de la mano de los casi cuarenta invitados que había esa noche. Ya con sus copetes en el cuerpo y otras cuantas menudeces, los cabros desataban un frenesí en cada habitación de ese hogar, donde normalmente convivían, a media comodidad, tan solo tres personas.
Fue entonces cuando llegaron. Se escuchó el frenar de los vehículos, seguido de firmes portazos respectivos a cada uno. Unos tantos prestaron atención desde dentro de la casa, dando aviso a la cumpleañera que se encontraba en un guáter cercano pegándose su guajardo pertinente. De repente, sintieron el brusco forcejeo de la puerta de entrada, la cual cedió hasta al suelo por una violenta patada de uno de los visitantes. Estos eran tres tipos, evidentemente cumas, armados con hechizas y otras cuantas armas blancas en sus bolsillos.
Ahi quedó la zorra. Los compadres estos, empezaron a disparar y a atacar a los flacos que estaban más cerca: en menos de diez minutos, se los echaron a todos, sin considerar un par de vivarachos que alcanzaron a huir despues del griterío que se armó al principio. Se acercaron a uno de los cuerpos que yacía en el suelo, y lo observaron de reojo durante unos segundos. Le soltaron algunas chuchás alegando cosas que ella no entendió, a las que supo responder con un fluido pollo. Fue entonces cuando se borró, y apareció seis meses más adelante en su vida, postrada en una cama de hospital.
Ya hacían dos días de que despertó, se escapó del hospital, se armó y se preparó para buscar a los que le habían hecho aquello. Poco se comentaba entonces, sobre la matanza que ocurrió aquél día, pero fue noticia durante mucho tiempo, por lo que no le fue difícil encontrar algo de información sobre lo acontecido. Buscó su resto, y de fuente en fuente, dió con los nombres y la ubicación de los pelaos que mataron a sus cumpas. Ya estaba lista pa' cortarlos. Por lo menos, para cargarse a uno, aquél que vivía en frente de dónde se encontraba en ese momento.
Lucho. Ese culiao lo conocía por mito urbano. Era un cochino que le vendía droga y vainas a los mocosos de un barrio cercano al suyo. Era respetado entre comillas, había escuchado que de cuando en vez, hacía algunas peguitas especiales, y que se manejaba su resto con armamento hechizo. Tenía que tener cuidado.
Bajó de su auto, tocó la puerta y le abrió una pendejilla, de unos cinco años más menos.
-Hola, ¿buca a mi papá?- le balbuceó la chiquilla.
-No, no, disculpa, me equivoqué de casa- sentenció.
La niñata le cerró la puerta, y esta otra, bajo el pórtico, se quedó meditando un rato. Acto seguido, saltó sigilosamente la cerca que separaba el antejardín con el patio trasero, el cual por cierto, estaba bastante hecho mierda, con una cantidad considerable de chatarras, y una suerte de cuarto en dónde parecía guardar sacos con semillas de algo. No quiso ahondar en eso, y fue directo a la puerta que daba al aposento del Lucho. Había una ventana entreabierta, asi que introdujo su mano por ella y giró la perilla de la puerta. La cocina estaba bastante sucia y desordenada, daba la impresión de que la vieja de la casa no se aparecía desde hace un rato. Le echó una mirada al living, en donde encontró a la cabriola que la atendió hace un rato, atacando un plato de chocapic con leche mientras veía tele. Aprovechando esa distracción, pasó directo a las escaleras que daban al segundo piso, y se puso a sapear las piezas. Fue entonces cuando en la primera se lo encontró cara a cara, sentado en un escritorio.
Volaron hojas en la pieza. El flaitoco tiró todo al aire para despistar, pero mi tía fue más despierta: pescó una de las navajas que andaba trayendo en su cinturón, y la arrojó con agilidad endemoniada. Dió justo en la pierna del socio, y este cayó de bruces al suelo, soltando un grito de maraca estruendoso. Se abalanzó hasta él y le tapó el hocico:
-Me da pena que se quede guacha tu cabrita, pero vo', hijo de puta, ¡me las pagai aquí!- ladró la comadre, y le pegó un sablazo firme en el cuello. Saltó chocolate pa' todos lados, manchando las parades y los papeles tirados en el suelo, que fuera el pulento a saber que decían. Se dispuso a pararse para emprender marcha, cuando cachó a la hija del weón pará bajo la puerta, con su tazón de chocapic en mano y la mirada absorta en la escena que presenciaba.
-Perdoname que haya hecho esto frente a ti flaquita. Si algún día quieres ir a matarme, búscame y hazlo, voy a estar esperándote- dijo mientras pasaba la mano por la cabeza de la niña. Bajó ágil la escalera y dejó a la mocosa sola en la casa, en espera de su madre que debía estar pronta a llegar, a juzgar por la hora. Rajó al auto, y buscó ropa limpia. Se cambió ahi mismo nomás, y se ordenó con sus herramientas para su siguiente destino. Estaba satisfecha con su cometido.
-Lucho, erai. Me queda el Yoni... y voy por ti Juan. Afírmate weon-


De lectura amena y léxico cuidadosamente coloquial, con toques de vocablos poblacionales, esta primera parte ofrece al lector una versión más chilena y cercana a la realidad. No quedan cabos sueltos y es una historia dinámica. Me gustó, 4 estrellas.